viernes, 06 de diciembre de 2019
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Un gobierno inteligente debe diseñar su propia agenda de manera consistente

Entrevista a Daniel Cravacuore. Presidente de FINDEL

¿Qué cosas tienen que ocurrir para que los municipios puedan decir que son gobiernos inteligentes?

 
Un gobierno inteligente debe diseñar su propia agenda de manera consistente y no depender de políticas originadas en otros niveles de gobierno. Habitualmente, nuestros municipios, dada su situación financiera, aunque no exclusivamente por ello, formulan su agenda no a partir de sus necesidades sino de las oportunidades que les ofrece el financiamiento externo. Sin la formulación y gestión de una agenda propia, que reconozca las demandas ciudadanas y las necesidad locales, no pudiéramos hablar de gobiernos inteligentes.
 
En segundo lugar, entendemos que debe manifestarse una creciente independencia en el tiempo del financiamiento de otros niveles de gobierno. Sé que resulta dificultoso pero es necesario que los municipios mejoren la cobrabilidad de los ingresos e identifiquen nuevas fuentes de auto-financiamiento. Esto permitiría desarrollar nuevas políticas que hoy no promueven los gobiernos provinciales y nacional. Básicamente, porque muchas de las políticas no alcanzan al universo de los gobiernos locales, sino que, por una cuestión presupuestaria, quedan limitadas a un grupo de municipios. Cuando se trata de políticas de carácter más innovador, como las que se necesitan para ser gobiernos inteligentes, este fenómeno se agrava pues suelen tener las características de pilotos.
 
Incrementar el uso de recursos del territorio supone, además, no sólo considerar los ingresos públicos de los municipios sino ampliar el uso de recursos del sector privado que están en el territorio, definiendo buena parte del potencial de desarrollo. Lógicamente, el municipio no tiene control a priori de esos recursos y ello obliga a desarrollar instrumentos para apalancar estos recursos, utilizándolos en beneficio del desarrollo local: la Iniciativa Financiera Privada y todas las modalidades de asociación público – privada, el uso habitual del fideicomiso para movilizar el ahorro local, el ingreso de los municipios en los mercados de capitales, la aplicación de contratos urbanísticos y otros instrumentos de extracción de recursos sobre el uso del suelo urbano son algunos que existen en las normas nacionales y que, lamentablemente, no se utilizan de manera masiva. 
 
Obviamente, esto supone entrenar a los funcionarios municipales de manera rigurosa, profesional y sostenida en el tiempo, no de forma espasmódica y coyuntural. Presume priorizar aspectos que, lamentablemente, son relegados a segundo plano por las urgencias diarias. Desarrollar procesos innovadores genera tensiones dentro de la administraciones, dado que están concentradas en los asuntos diarios y les cuesta mucho desarrollar iniciativas que escapen a la cotidianeidad: sin embargo, para desarrollar gobiernos inteligentes deberá tomarse esta dirección con las  complicaciones generadas, con el riesgo político que puede conllevar -aunque, si una gestión es extremadamente conservadora, también supone un riesgo, que no siempre se analiza- y con las incertidumbres forjadas.
 
Un último apartado, que entiendo profundamente achicado en nuestro país, es la incorporación de nuevas tecnologías urbanas. Nuestros municipios no sólo tienen prioridades de agenda del siglo XX, sino de la segunda mitad del siglo XIX -muchos gobiernos pugnan por satisfacer la mínima oferta de servicios básicos, como la distribución de agua por red, el saneamiento o el mejoramiento de calles-. En el mundo existe una revolución tecnológica en marcha y, desde mi perspectiva, no se aprovechan esas oportunidades: cada vez es mayor la brecha tecnológica entre nuestras ciudades y su gestión y las del mundo desarrollado. Esto no significa solamente incorporar aplicaciones en el teléfono o instalar internet gratuito en espacios públicos: un gobierno inteligente supone incorporar todas las tecnologías urbanas para mejorar la eficiencia energética, combatir los efectos devastadores del cambio climático, desarrollar nuevas modalidades de transporte público más limpio y seguro.
 
 

¿Cómo ves a los municipios argentinos en este tema comparativamente con los de otros países?

 
 
Comparativamente a otros países donde tengo la dicha de trabajar -como los de América Latina así como en los Estados Unidos y España- veo una disociación entre las acciones cotidianas, la aplicación de nuevas tecnologías de manera limitada y un excesivo uso de la propaganda. Por un lado, las administraciones municipales en Argentina son tradicionales y lentamente aplican algunas tecnologías para procedimientos administrativos: una certificación de proceso, una aplicación de smartphone para brindar servicios, e inclusive la firma digital ¡si hasta se han puesto de moda los hackatones municipales! Sin embargo, mi perspectiva es que se hace uso de estas modalidades para el marketing urbano, tratando de construir en los vecinos una representación de un gobierno innovador: sin embargo, las acciones cotidianas no incorporan la dinámica del gobierno inteligente, en el que las aplicaciones tecnológicas revolucionen la labor del Estado. Además, estas innovaciones suelen darse dentro de un área -una secretaría, una dirección-, desarrollando una única política bien gestionada, moderna e innovadora, a la par del resto de áreas municipales que no son así y se gestionan como en el siglo XX con la sola incorporación de algunos sistemas informáticos.
Ud. me preguntaba cómo lo veo. Suelo ser un mensajero de las malas noticias, soy bastante pesimista, lamentablemente no veo la fuerza para resolver integralmente los problemas y mi perspectiva es que la brecha es creciente. No veo compromiso generalizado en transformar al conjunto de las administraciones, los veo concentrarse en algunos aspectos puntuales.
 

 

¿Qué acciones o pasos recomiendas seguir para avanzar en ese sentido?

 
 
La primera, trabajar en red colaborativas con otras ciudades del mundo: nuestros gobiernos locales son pobres en los intercambios, no participan activamente en redes. Se ve el tema como acción propia de los municipios más grandes, más asociado a cierta suntuosidad que a la necesidad real que tienen nuestros municipios de aprender y acortar la brecha tecnológica con las ciudades más desarrolladas. 
Entiendo que también hace falta una más estrecha asociación con los centros productores de ciencia y tecnología, así como con desarrolladores privados. Sin embargo, esta asociación no debe ser coyuntural sino regular y estructural: hace falta incorporar mucha ciencia y tecnología en nuestros municipios, crear más interfases con las universidades, los centros tecnológicos, las empresas privadas que producen tecnologías. Esto requiere de estructuras adecuadas: en la Argentina sólo una municipalidad tiene una secretaría de Innovación y algunas otras de modernización, pero no mucho más. 
 

También considero que hay que coparticipar más acciones con el mundo privado, en particular con los actores privados del territorio. Aprovechar más las capacidades locales, así como utilizar mucho más el talento existente en los funcionarios municipales. Nuestros municipios tienen mucha gente muy capaz pero que, habitualmente, en el conjunto del sistema, impacta poco. Días pasados, en un taller que me tocó coordinar, les decía a los directores y coordinadores municipales: “Se nota que, aquí, todos trabajan pero el resultado colectivo es cero en términos de la organización”. Siempre recomiendo que, en nuestros gobiernos locales, debe usarse más el cerebro y menos los brazos: se hacen grandes esfuerzos para cuestiones poco significativas en términos de la gestión. Esto me lleva al primer punto, la planificación del gobierno local, especialmente desde la política y su decisión de encarar procesos más estratégicos. Los municipios planifican mal y poco, y trabajan demasiado sobre la coyuntura, los que los lleva a la ineficacia y la ineficiencia.    

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