sábado, 31 de julio de 2021
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Guillermo Tella*

Arquitecto y Doctor en Urbanismo.

La calle puede esperar, retos de una ciudad en pandemia

La calle no debe esperar sino ser protagonista central en tiempos de crisis y emergencias. Por Guillermo Tella.

Con una ciudad en pandemia, en confinamiento obligatorio, emerge como principal proclama sanitaria: “la calle puede esperar”. En esa lógica, el espacio público se vacía de gente y de significado, pierde ritmo y vitalidad, se extiende y se despoja, redobla conflictos y desigualdades. ¿Por qué? ¿Acaso la calle puede esperar?

Las ciudades tienen orígenes diferentes pero crecimientos similares. Cuentan con un núcleo histórico-institucional, con infraestructura ferroviaria a la que se le superponen (tiempo después) las rutas del transporte vehicular. Crecen al ritmo de las subdivisiones de las manzanas fundacionales, de las quintas aledañas y de las chacras más próximas, que fueron valorizando tierras rurales y urbanas con relativa autonomía de la dotación de infraestructuras.

Las ciudades se han desarrollado a partir del carácter abierto de su trama, donde la calle, la esquina o la plaza se constituyeron en instrumentos cívicos de cohesión social, de fortalecimiento de relaciones de vecindad. Y, fundamentalmente, las ciudades crecieron abrazadas a su espacio público, a la calle como lugar de encuentro, de producción y de reproducción de prácticas sociales. La calle entonces, entendida como espacio en el que la sociedad se representa, consagra identidad y cualidad, articula lo público y lo privado.

 

Sin embargo, el escenario sanitario, económico y político por el que transitamos, lejos de plantear una salida estratégica del túnel pandémico con crecimiento y equidad, descompone y desarticula a la ciudad preexistente, la vacía de valores y de contenidos. Y hoy la calle aparece resignificada como territorio de peligro y de exclusión más que de contención y de co-habitación. El cambio profundo que devino tras abandonar un sistema abierto e inclusivo puso en jaque al papel de la calle y alentó crecientes procesos de pugna, miedo y expulsión.

Así fue que primero se le atribuyó al virus su llegaba en avión, traído por clases medias que regresaban de sus vacaciones en Europa y lo esparcían por el espacio público hasta impactar más fuerte en los sectores populares que habitan periferias. Avanzado el confinamiento y flexibilizado el lockdown (aislamiento), tras permitirse el desarrollo de la actividad física regulada, se instaló la polémica contra los runners que salían a correr por plazas y parques de las ciudades. Parecía que al virus le sedujeran los espacios verdes.

Por otra parte, ante lo de se dio en llamar “el enamoramiento de la cuarentena”, se acrecentaron protestas de comerciantes en calles de todo el país en reclamo por reaperturas (protocolizadas) para evitar su inminente quiebra. La respuesta a mano fue: “la calle puede esperar”. La disputa luego se centró en las escuelas -espacios cívicos por excelencia- cuando en algunos distritos se retornó al dictado de clases presenciales (mediante “burbujas”). Cual motín de guerra, las aulas se abrían y se cerraban al son de demoras, reclamos, titubeos y pulsiones.

Agravando el cuadro, se desató un masivo proceso de toma de tierras en bordes metropolitanos que fueron reprimidos con operativos policiales en violentos enfrentamientos para lograr el desalojo. Con el avance de los cuerpos de Infantería por las calles se iban derribando e incendiando las dispersas casillas montadas. Frente a su gravedad y recurrencia, diferentes organizaciones sociales y de derechos humanos reclamaron una pacífica resolución de estos conflictos y las garantías constitucionales de las numerosas familias involucradas.

Con exacerbación de desigualdades, el espacio público sumó nuevos pobres a su estructura social. Se trata de los “pobres-covid”, sectores medios de la población que ahora recurren en condiciones de indigencia a comedores y merenderos. Aunado a ello, numerosos manifestantes tomaron las calles en distintas ciudades del país en protesta contra la cuarentena y el toque de queda como principales medidas impuestas al cuidado sanitario. A quienes se atrevieron a recuperar la calle se los llamó “anticuarentena”.

En efecto, como manejo de la crisis pareciera vociferarse “la calle puede esperar” donde, tras una aceptación colectiva inicial, su indefinida extensión llevó a cuestionar la legitimidad del confinamiento ante lo que se percibió como derecho de libre circulación cercenado. No faltaron absurdas disputas entre vacunas “de izquierda” y vacunas “de derecha”, según su procedencia del país de origen ni tampoco escándalos por aplicación discrecional frente a una demanda de vacunación que no alcanzaba la masividad anunciada.

La creatividad de comerciantes se redobló para su subsistencia ante las restricciones, con “delivery” (servicios de reparto a domicilio) y “take-away” (para llevar y consumir fuera del local). La pandemia ha puesto de relieve las limitaciones de nuestra infraestructura. En la calle, como territorio de miedo y descontrol, emerge la figura de los policías del espacio destinados a custodiar el stay home (quedarse en casa) como confinamiento colectivo obligatorio y la aplicación de protocolos para el desarrollo de cada una de las actividades.

Asimismo, como respuesta sanitaria se procedió también a la militarización de los barrios populares. Toda epidemia tiene en las ciudades una incidencia diversa: impacta más fuertemente en los grupos vulnerables, aquellos que residen en áreas sin servicios, con precariedad de las viviendas, con altos niveles de hacinamiento, en condiciones de extrema desigualdad, denotando injusticia social y espacial. La calle entonces debiera constituirse en la herramienta principal para garantizar mejores condiciones para la inclusión.

La calle no debe esperar sino ser protagonista central en tiempos de crisis y emergencias. De lo contrario, desarticula su contrato fundacional representado en su trama urbana. Herida por exclusiones, aquella calle que hasta no hace mucho tiempo funcionaba como articuladora social, como integradora de barrios, humores y vivencias, parece ser hoy una plataforma de violencia, desolación y temor. Tal desarticulación altera sustancialmente la vida urbana, demuele el sentido profundo del habitar y desactiva los ritmos barriales que los vecinos fueron marcando a una velocidad asociada al compás del loteo parcelario.

(*) Guillermo Tella. Arquitecto y Doctor en Urbanismo. Director Ejecutivo del Consejo de Planeamiento Estratégico de la Ciudad de Buenos Aires.

En: Tella, Guillermo (2021), “El desafío de recuperar la calle, aún en pandemia”. Buenos Aires: ARQ Clarín Diario de Arquitectura, Nro. 985, Sección “La 0.3”, p. 16 (julio 06). ISSN: 9777-1666-710701.

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